Sacado desde lo más hondo de mi corazón, donde duermen los recuerdos y los pensamientos.

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sábado, 22 de enero de 2011

Las cosas se deben hablar.

Ayer decidí seguir mis instintos e ir a ver a Matthew, necesitaba su cariño, decirle que lo seguía queriendo, por lo que me puse en planta y me decidí a arreglarme. Estaba nerviosa, ¿qué digo nerviosa? ¡estaba histérica! no atinaba a pintarme los labios con el pintalabios carmín que Matthew me regaló, después no sabía que ropa ponerme, hasta que pensé que si realmente Matthew me quería con cualquier cosa que me pusiera estaría bien, entonces me puse un vestido, mis botas militares y mi chaqueta vaquera preferida, cogí las llaves de casa y salí en su búsqueda.
 Cuando llegué a la residencia donde él vive tenía las manos tan congeladas que no podía acertar a darle al timbre, entonces, alguien me agarró el brazo y me dio media vuelta. Si era él, con la sudadera verde limón de su equipo de badminton, con su pelo ondulado que lucía al viento, con sus ojos marrones que tantas veces me habían mirado, y como no, con aquella sonrisa picarona que tanto lo caracterizaba.
-¿Qué hace aquí mi pequeña Amelie?
-Pues venía a hablar con el jugador de badminton más sexy del mundo.
-Vamos a mi habitación y hablamos tranquilamente, ¿te parece? -me dijo sin parar de sonreír en ningún momento.
-Me parece perfecto, ¡me estoy congelando!
Cogió las llaves y abrió la puerta, me parecen que eran las nueve y media, la hora del descanso del conserje, por lo que pasé sin problemas a su habitación. Era super calentita y acojedora, era como si hubiera soñado antes con ella, me resultaba tan familiar que parece que había ido ya un millón de veces, pero la verdad es que no, y que me resultaba familiar porque olía a Matthew, olía a cuando me daba un beso, a aquel día en mi casa, a cada vez que me cruzaba con el por el pasillo del instituto. Era la habitación mas genial que había visto nunca, o quizás a mi me lo parecía por ser de quien era, tenía una raqueta colgada del armario y cinco o seis volantes de badminton a la vista, tenía una foto de su familia encima de la cama, un portátil y mucha ropa tirada por el suelo.
-¿Por qué no paras de mirar mis cosas? - me dijo riéndose.
-Porque me parece una habitación interesante.
-Estás loca Amelie, cada día lo estás más.
-Loca por ti imbécil, por el niño de la camiseta roja que me cruce aquel 18 de septiembre del 2009 por el pasillo.
-¿Me sigues queriendo? se que he pasado de ti estos días pero mi hermana ha estado en el hospital y como no puedo ir a verla lo he pasado bastante mal.
-Vaya lo siento - le dije mirando al suelo.
-Yo si que lo siento Amelie, se que debería de habértelo contado, he sido un imbécil como bien has dicho tu.
-No la imbécil he sido yo por no preguntarte antes que te pasaba, lo siento Matthew.
-Te amo Amelie, te quiero más que a nada en este mundo, no se que haría si no te hubiese encontrado.
-Pues lo que habías hecho antes de encontrarme...
-Siempre igual pequeña, anda ven, dame la mano, te voy a enseñar mi sitio preferido.
Matthew me dio la mano, cogió una manta y me saco fuera de la residencia, a los jardines.
-¿Aquí? ¡pero si hace menos un grado! - me  hice la dura, la verdad esque aquel sitio me encantaba.
-Yo te arropo verás como no tienes frío.
Pasamos allí horas y horas, mirándonos, riendo y besándonos, fue buena idea aquello de ir a hablar con él, es más, fue una de las mejores decisiones de toda mi vida.

martes, 18 de enero de 2011

el deporte, lo más importante de su vida.

Llevaba días sin hablar con Matthew, desde aquel 10 de enero, aquel día tan esperado. Creo que al llegar a la cima de nuestra relación, hemos descendido hasta lo más bajo.
Desde la ventana de mi clase podía ver la residencia donde vivía, y aquello me recordó que el está aquí por algo en lo que se debe concentrar : EL DEPORTE. Y al fin y al cabo es lo más importante de su vida. Quizás ahora me había dado cuenta de lo que conllevaba encapricharse con un deportista que va todo el día de aquí para allá y que solo piensa en el deporte que practica.
Me di cuenta de que no merecía la pena todo lo  ocurrido con Matthew, que nunca nos hablaríamos y que cada uno seguiría su camino y todo por aquel inmenso orgullo que teníamos los dos.